Salimos del campamento después de disfrutar de un sabroso y variado desayuno. Los guerreros massai aún estaban apostados alrededor del campamento para proteger a caballos y jinetes como lo hacían todas las noches. Montamos a caballo durante dos horas a través de la sabana africana y alrededor de nosotros, hasta donde la vista alcanzaba, todo era un mar de ñues y cebras. Miles y miles de ellos, moviéndose poco a poco a la vez que pastaban, interpretando un increíble concierto de mugidos y relinchos.
El guía nos fue apostando cada diez metros y a una señal de él, los doce jinetes emprendimos un veloz y desenfrenado galope obligando a un grupo de aproximadamente mil animales a correr delante de nuestros caballos. Únicamente se escuchaba el tropel de los animales y una gran nube de polvo quedaba detrás de nosotros. La carrera se prolongó por varios minutos y nunca pudimos dar alcance a ñues y cebras, ya que en cuanto sentían un caballo cerca de ellos aligeraban el paso y se perdían entre la multitud que corría pasando sobre los arbustos. Finalmente los animales de la vanguardia decidieron torcer hacia el río Mara dejando un rastro de pasto pisoteado. Poco a poco nuestros caballos disminuyeron la velocidad y finalmente nos reunimos todos los jinetes permitiendo que el grupo de animales prosiguiera su camino dentro de la ruta migratoria que va del Serengueti en Tanzania hacia el Massai Mara en Kenia.
Al llegar al río Mara, el guía se detuvo sobre un banco de arena para cerciorarse de que no hubiera cocodrilos acechando desde la orilla o hipopótamos bañándose en el agua. Con la ayuda de la maravillosa vista de "Kapén", el guerrero massai que nos acompañaba en la retaguardia del grupo, llegaron a la conclusión que no había ningún cocodrilo en esa zona. Al parecer todos los cocodrilos estaban disfrutando del festín que se celebraba unos metros río abajo donde los ñues y las cebras estaban cruzando el río. Una manada de doce o quince hipopótamos estaban dándose un plácido baño a no más de veinte metros del lugar donde pretendíamos cruzar el río y el guía sacó su látigo haciéndolo tronar varias veces para amedrentar a los animales. El macho alfa se disgustó con el ruido y emitió varios feroces rugidos haciéndonos saber que no estaba dispuesto a moverse de su lugar preferido.
El guía decidió bajar del banco de arena y acercó su caballo a la orilla del río de manera que pudiera tomar agua, siempre sin quitar la vista del grupo de hipopótamos. Todos los jinetes nos quedamos quietos en espera de ver que sucedería. Únicamente se escuchaba el sonido del agua lodosa que cubría los cincuenta o sesenta metros que tendríamos que atravesar si queríamos llegar al siguiente campamento donde el equipo de apoyo nos estaba esperando con las tiendas de campaña armadas, nuestro equipaje sobre los camastros y el agua caliente lista para darnos un regaderazo. Varias veces más volvió a tronar el látigo y a todas ellas el macho alfa respondió con sus rugidos abriendo la enorme boca de manera que pudiéramos apreciar sus magníficos colmillos. No por nada el hipopótamo es el animal que mata más humanos en África!
Transcurridos varios minutos sin que ninguno de nosotros se decidiera a acompañar al guía en la orilla del río, el guerrero massai bajó del banco de arena montado en su caballo. Iba cabestreando el caballo de repuesto que había llevado todo el día de la mano. Ahora los tres caballos estaban bebiendo y los hipopótamos no dejaban de mirarlos sin moverse de su lugar preferido. El guía decidió que era tiempo de cruzar y nos hizo una seña con la mano a la vez que taloneaba a su caballo para que se adentrara en el agua. Nos volteamos a ver unos a otros y cuando volvimos la vista al río, el guerrero massai también obligaba a su caballo a meterse río adentro a la vez que soltaba el caballo de mano para que los siguiera. No había remedio! Teníamos que bajar del banco de arena y cruzar el río! Sin decir una palabra todos bajamos y nos dirigimos hacia el agua.
Los caballos estaban sedientos y querían beber. Los jinetes estaban nerviosos y no querían perder tiempo en la orilla. Todos a la vez impulsábamos a los caballos con las piernas y la voz para que se movieran. Nadie quería ser el último en la fila! Para entonces el guía y el guerrero massai ya habían llegado a la otra orilla. El caballo de repuesto se paró a medio río para seguir tomando agua y entorpecía el avance de nuestros caballos. Gritos y empujones se daban por todos lados. La corriente empujaba a los caballos río abajo, acercándolos peligrosamente hacia donde se encontraban los hipopótamos. El guía volvió a tronar el látigo varias veces y el macho alfa contestó con sendos rugidos. Los sesenta metros de agua parecían ser kilómetros en vez de metros!
Finalmente todos los caballos llegaron a la otra orilla sanos y salvos. Inmediatamente aparecieron las anforitas con tequila, no era para menos! La experiencia valió la pena! Para mí, recorrer África a caballo será inolvidable! Realmente es y será la mejor experiencia ecuestre y naturista de mi vida!